No me gustan los velorios

Me gusta la gente viva, sonriente, leal, cálida, la gente honesta, hermosa y sencilla. La gente que disfruta las cosas pequeñas e insignificantes de estar vivo: tomar un café, un vaso de vino, caminar y hablar mientras el sol alarga las sombras de los edificios y los autos corren y los transeúntes pasan.

Me gusta la gente libre, que se desata del dolor, la que sabe cómo va el camino y elige tirar lastres para cargar sólo lo bueno, lo que cabe en las pupilas, en un solo puño, lo que se graba en el alma con el último latido.

No me gustan los velorios, ni siquiera pienso ir al mío.

Sé que eso que se acompaña en tales horas es tan sólo un recipiente vacío, usado, que ya no siente, un despojo cansado y frío. Un capullo…

Me quedo con tu recuerdo, con tu cariño, con tus lecciones, con tus sonrisas y tu presencia. Esos aún están vivos.

Te quedas conmigo, aquí en el corazón, hasta el último día; en tanto, podemos seguir conversando mientras parece que yo voy hablando solo y camino mirando cómo el sol alarga todas las sombras sobre Paseo de la Reforma, hacia esa calle pequeña y oculta en la que tantas veces coincidimos, creo que aún se llama Basilio Vadillo.


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