Los Beatles en mi azotea

El primer domingo que tocaron creí que iba a darme un infarto. “Ya van a empezar con sus cumbias”, pensé mientras escuchaba que afinaban sus instrumentos, y lo primero que hice fue cerrar puertas y ventanas para preservar el silencio y continuar viendo mi película a gusto.

Pero no.

Me explico: de un tiempo a la fecha, cada domingo, llueva, truene o relampaguee, soy escucha pasivo y algo así como un viajero en el tiempo. Sentado mientras escribo o recostado en tanto leo, la música me sorprende y a veces yo mismo me descubro tarareando esas viejas canciones que escuché por primera ocasión hace muchos años, cuando era adolescente, y que surgían desde la armatostérica consola que mi viejo tenía en la sala.

En cierta medida, esas canciones fueron algo parecido al soundtrack de mis años de juventud, cuando tuve una novia ojiverde, rubia y hermosa llamada Ana, o conocí a aquella amiga Leticia que se acercaba a mí bailando y cantando Michelle, o al amigo-hermano Juanito que hoy vive en San Luis, y que me animaba a declarármele a Ángeles cantándome She loves’s you… Cada vez que escucho With a little help from my friends me acuerdo de él, de Saúl y Hugo, sus hermanos, y de su papá; de los primeros ensayos de nuestro propio grupo de rock, del piano viejo y de su abuelita, que era más vieja que el piano, y que soportaba estoica aquel escándalo; de mi primera tormenta refugiado en un vocho blanco y de mi primera hamburguesa fuera de casa, con aquellos queridos amigos, un sábado por la noche, en algún Burger Boy por los rumbos, desde entonces entrañables, de Tlalpan y San Fernando. Inolvidable es el primer disco que compré con mi propio dinero, un acetato de 45 RPM; aquel sábado Help! se enfrentó con Sin Ti, de Los Panchos, en las acostumbradas tardes de bohemia del viejo y algún invitado.

Todavía recuerdo que al despertarme en las mañanas y antes de irme a la secundaria, por las tardes, sintonizaba La hora de los Beatles, e imaginaba cómo esos cuatro muchachos habían vivido una vida común como la mía; pero más que eso, trataba de imaginar cómo era Liverpool, sus calles y edificios, los muelles y su neblina; y a ellos, creando una historia. Descubro que entonces yo no sabía que era feliz con mi vida común.


Aquel sábado Help! se enfrentó
con Sin Ti, de Los Panchos, en las
acostumbradas tardes de bohemia
del viejo y algún invitado.


De todos mis amigos de la Preparatoria 6 de Coyoacán (mentira, ¿quién tiene muchos amigos cuando es tímido?), pocos supieron que María, ¿cómo olvidarla?, en un cumpleaños me obsequió el disco de la portada prohibida de los Beatles, en la que aparecen entre trozos de carne. Todos mis discos de ese grupo los perdí luego de vivir casi un año en Tampico, pero ese es otro cuento.

La noche de mi graduación de la Prepa yo tenía 18 años, el tío Miguel me había regalado el traje que llevé a la fiesta, en un salón allá por Chapultepec. Marco, Carlos, Fernando y yo llegamos en un Impala azul marino, propiedad del papá de Marco. Llovía. Esa noche bailé con Norma, poco después dejé de verla para siempre, pues elegimos caminos diferentes. Pero esa noche entendí, mejor dicho, esa noche viví The long and windind road.

Vi la película Submarino amarillo en la Cineteca Nacional —no la que se incendió— cuando llegar al rumbo de Xoco no era tan fácil como hoy. A mi primer concierto de uno de ellos en México, Paul McCartney, me invitó Daniel, el menor de mis hermanos, cuando yo atravesaba tiempos difíciles. El concierto fue en el Palacio de los Rebotes.

Normalmente me molesta que los vecinos del piso de arriba pongan su música a todo volumen, sobre todo cuando trabajo en casa. Son unas personas egoístas e irresponsables que piensan que los demás debemos chutarnos su música. A veces he tenido que subir para pedirles de la manera más atenta que le bajen, porque uno está trabajando, carajo; si quieren escuchar a tan alto volumen su estéreo, pues que se vayan a vivir en donde no molesten a los demás. He estado a punto de llamar a la policía. Y juro que la próxima vez lo haré. Algún día escribiré más sobre ellos.


Esa noche bailé
con Norma,
poco después dejé
de verla para siempre


Sin embargo, de un tiempo a la fecha, la música que viene del piso de arriba los domingos por la tarde ha sido diferente. Creo que el hijo más pequeño de esos vecinos —que forman un matrimonio disfuncional con todos nosotros, los demás vecinos—, un muchacho que al principio me parecía un gordo idiota, ha formado un grupo. Como siempre, no avisaron ni pidieron permiso para armar su desmadrito, y es que se creen dueños del edificio.

Cuando sonó el primer acorde de guitarras eléctricas mi memoria estuvo indecisa, pero después de dos segundos de silencio… viajó 40 años atrás, arrastrando en un santiamén a mi piel. Dos segundos después… It’s been a hard day’s night, and I’ve been working like a dog/ It’s been a hard day’s night, I should be sleeping like a log/ But when I get home to you I’ll find the things that you do/Will make me feel alright

El de la primera voz es pésimo, pero en verdad no tocan nada mal. Estoy seguro que ellos se sienten en la azotea de Apple Corps, en el famoso último concierto del cuarteto. Yo, la verdad, me divierto recordando anécdotas juveniles o familiares con cada una de las canciones que tocan en sus ensayos. Y aunque viva en una colonia popular de la Ciudad de México, y mi país se esté cayendo a pedazos entre la inseguridad pública y la polarización política, también me siento en Apple Corps, con los Beatles en mi azotea.


Texto publicado originalmente el 4 de agosto de 2019.

 

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