El barrio ya no es el mismo

Los vecinos han ido muriendo. Ayer que salí a caminar por el barrio su ausencia me gritó en la cara.

Anoche fue doña Ofelia, en la puerta de al lado, cuasi fundadora de la colonia junto con mis padres, que tuvo un talante difícil y una lengua fácil que la hicieron famosa y temida; en los últimos tiempos el carácter se le había endulzado un poco. Cuando llegamos aquí, ella y su familia lo habían hecho ya desde Puerto Ángel. Vieja dura, oaxaqueña, corajuda y claridosa; jamás tuvimos problemas. ¿Quién imaginaría que alguien pudiera romperse al caer de la cama? Hace un mes Leticia, una de sus hijas, también se rompió.

Antes fue Vidal, que tenía mi edad, y con quien siendo niños llegué a los puños, últimamente habíamos hecho mancuerna para realizar trámites de podas, luminarias y banquetas en la alcaldía; y unos días después don Fidel, su papá, que pasó en cama los últimos años. Recuerdo que en su casa, la puerta del otro lado, vi al primer muerto que viera en mi vida, José, el menor de los hermanos; los acompañamos a enterrarlo en el panteón del Ex Convento de Culhuacán. Eran finales de los años setenta, el cortejo fue a pie, por entre callejones, y al regreso dieron de comer mole; creo que por eso no me gusta.


¿Quién imaginaría que
alguien pudiera romperse
al caer de la cama?


Poco después le tocó a Paco, el taxista, que cada vez que nos hacía un servicio hablaba hasta por los codos de todos sus recuerdos de aquellos años en que aún había terrenos baldíos en la zona, de cómo se oía de madrugada el croar de los sapos en las lagunas que se formaban en tiempo de lluvias, de cómo alguna vez creyó escuchar a la Llorona, y de las recetas que sabía para cocinar pescado.

A Rocío la enfermera la cargué cuando aún era una niña, sus hermanos Martín y María Rosa eran mis amigos en un grupo de jóvenes que apoyaba al padre Jairo, hasta en cantar las misas. Me atraganté el mediodía que Martín me contó que ella había muerto, en medio de toda esta enfermedad. Yo la veía pasar con su uniforme blanco rumbo al trabajo, hizo un gran esfuerzo para terminar su carrera.

También se fueron don Juanito, el del puesto de periódicos, que me apartaba La Jornada hace años ―y que el abuelo Miguel me ganaba mientras yo me bañaba, antes de irme a trabajar―, su esposa y una de sus hijas; Margarita, quien fue compañera en la primaria de uno de mis hermanos, y su mamá, que por años trabajó para los pocos judíos que aún quedaban en los rumbos de la Lagunilla; Roberto, el herrero, que todavía alcanzó a hacerme un banco que tengo aquí, a un lado, en el estudio, y antes que él murieron su esposa y una hija; Doña Ana, esposa de don Andrés, el carnicero, mujer seria, atenta, trabajadora, humilde y observadora.

Descansen en paz todos.


Roberto, el herrero,
que todavía alcanzó
a hacerme un banco…


El barrio ya no es lo mismo. No sé cómo sea en otros lugares, pero aquí la pandemia y la crisis han pegado duro. Han dejado muchas ausencias y últimamente han traído balaceras los miércoles en el tianguis, sirenas de ambulancias y patrullas a horas de la madrugada. No sé si sea cosa de la edad, pues aunque todavía no soy un viejo, noto un cierto cansancio en la gente, ¿o seré yo? No lo sé, pero lo que veo es que estas calles, que se formaron sobre chinampas del ejido del viejo pueblo de Los Reyes Culhuacán, desde donde un día, según me contó mi amigo Ernesto el carpintero, alcanzó a verse por encima de los alfalfares el templo de San Marcos Mexicaltzingo, y al Ex Convento de San Diego Churubusco llegabas en una hora caminando por toda la orilla del río, calles por las que no hace mucho aún pasaban vacas, ovejas y caballos cargando vigas de madera, y donde uno encontraba milpas y piedras raras, calles que pavimentaron al mismo tiempo que surgieron los ejes viales, han dejado de ser como antes eran.

El barrio ya no es el mismo.


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